lunes 14 de diciembre de 2009

Para no perder las buenas costumbres

¡Maldita sea! ¡Ha ocurrido! Yo lo sabía, me lo imaginaba, todo iba demasiado bien para ser verdad... Si, si, si, yo también soy víctima de un complot, de una confabulación, de un pacto ilegítimo que me empieza a repatear los higadillos. Mis piernas han pactado con mi estiticista. Así es, estoy desde mayo esperando que mi pelo renazca y comienza a hacerlo por las piernas, están llenas mientras el resto de mi cuerpo permanece despejado ¡traidor!

Menos mal que es lo único negativo que tengo que contar, si no se puede considerar como negativo que mi cabeza parezca la de un recién nacido, con su capita de pelusilla que tímidamente asoma al exterior... Y esto puede parecer un comentario fruto del deseo de una caprichosa, pero es que yo me he pasado toda mi vida como candidata a donante de vello, con un overbooking permanente en mis capilares, y ahora que quiero que todo vuelva a la normalidad, me pasa esto.

Bromas aparte, por las que pido disculpas si alguien se ha asustado en exceso, estoy comiendo cada vez más y mejor. Vuelvo a disfrutar de la frescura de la cerveza de barril (ya no está amarga), y del sabor de la comida en general, especialmente las gambas (me tomé dos el otro día y me dieron permiso para comerme a todas sus hermanas).

Poco a poco estoy recuperando las fuerzas, muy poco a poco, eso sí.

El jueves pasado, día estipulado por mi oncóloga para administrarme la primera dosis de Herceptín (alías trastuzumab) resultó finalmente tranquilo, la doctora consideró más adecuado esperar a que pasara el fin de semana; "así recuperarás más fuerzas", para administrarme la dosis.

He de decir que estaba bastante nerviosa y me vino bien, ayer fuí más tranquila. A todo esto, es mi marido el que está pagando todos mis arrebatos, el pobre.

Bueno, el caso es que ya me informaron el jueves pasado que mi hematocrito estaba bien; "ya casi no tienes anemia", ¡que se lo digan al jamón, a la cerveza, al ternasco que me comí la otra noche, a mi gran vicio el chocolate, los bizcochos y a los 'bocadillos de to lo que pillo' que me estoy encajando entre pecho y espalda!

¡¡Pero que buena está la comida!! Y lo mejor, no estoy engordando, casi, casi, un poco solo. Bueno, que eso no es lo que importa ahora...

Hoy me voy por las ramas como la mona Chita, pero es de alegría, aún así pido una vez más disculpas.

Puestos a centrarnos, volvemos al lunes, o sea ayer, justo en los minutos siguientes a dejar a mi hija en la guardería (si, si, también llevo a la nena a clase). El caso es que fui a la Arrixaca a solicitar mi dosis de 'terapia biológica', que en realidad y según me explicó mi médico, es una vacuna que inhibe a una proteina que interviene en la reproducción de mi tumor. Vamos, que durante un año, cada 21 días, me van a someter a un proceso parecido al de la quimio -salvando las distancias- para inyectarme vía intravenosa otro líquido más el límpio, como llaman las enfermeras al suero con que te limpian después las venas. Total, con análisis, visita a la oncóloga, preparación del citado e inyección, toda la mañana. Y siguen sin llamarme de radioterapia.

Bueno, pues yo tenía mis temores respecto a esta nueva fase de los tratamientos, además de la experiencia que me han transmitido amablemente alguna de las lectoras de este blog, también había leído que puede producir diversos efectos secundarios, así que a esperar con cierta desconfianza. Al final, hoy 24 horas después, estoy como una rosa. Nada, nada, nada, ni un solo efecto.

¡Bien! Ya es hora de dejar atrás un fantasma demasiado aterrador...

He comenzado a cocinar, porque también puedo soportar los olores, el agua y la colonia, y me estoy tratando de centrar en disfrutar del aspecto positivo de estar en casa sin trabajar (en la próxima cita le voy a preguntar al radioterapeuta si puedo volver al trabajo). Por eso, hoy he salido a comprar, a la farmacia a por un enjuague bucal ¡nada de medicinas! y a visitar durante unos minuticos a uno de los diamantes que me he encontrado en la vida.

Ahora, mientras escribo estas líneas, se están guisando en mi cocina un cocido y un frito de magra con tomate, de los que prometo dar cuenta durante todo el día, para no perder las buenas costumbres.

Un abrazo.

Firmado: Venas Quemadas Franco.

jueves 10 de diciembre de 2009

¿Qué hacemos?

Creo que este, en que todo parece despertar tras el letargo estival, es un buen momento para plantear la gran cuestión a todos; ¿qué hacemos los diagnosticados de cáncer? ¿nos quedamos en casa, aislándonos del mundo, o luchamos por la normalidad?

A estas alturas, igual no es necesario explicarlo, pero ninguno de los enlaces que he incluido en este blog son aleatorios. Lo cierto, es que la entrevista que Milagros Pérez Oliva realiza a Albert Jovell en El País , es uno de los contenidos que más me gusta de mi relación de enlaces y que, como otros, tengo que agradecer a Víctor Romero Fernández . En ella, Jovell (afectado por cáncer y médico) explica cómo nos podemos sentir estigmatizados, apartados e, incluso despersonalizados.

Tanto ante los medios, como en su libro, Jovell reivindica el derecho del enfermo a plantar cara, no sólo al cáncer, sino también a aquellos que creen que el diagnosticado es un condenado a muerte y por eso le permiten hacer lo que quiera. Y, para ello, habla de vivir con normalidad. Ésta es la base de mi propuesta, y es que me gustaría saber qué piensan los demás sobre ello, y me explico:

Cuando me confirmaron el diagnóstico, decidí que quería centrarme en mi recuperación, y para lograrlo opté por tomar la baja y aceptar el aislamiento social a que te somete esta enfermedad para pensar sólo en mí. De esta manera, trataba de evitar los altibajos emocionales a que me podía ver sometida por cuestiones de trabajo -o simplemente por el deber de conciliar el trabajo con la vida familiar-, y pagaba este hecho con mi vida social.

Lo cierto es que ha resultado muy duro en muchas ocasiones, como aquella en que leí en La Verdad la entrevista realizada a Javier Iniesta , en la que hablaba sobre cómo la quimioterapia le permitía hacer vida 'casi' normal. Ese día me eché a llorar, porque para mí ya no era una opción, yo no podía intentar siquiera volver al trabajo.

Posteriormente, seguir la trayectoria del propio Víctor Romero, o la de María Antonia Valdivielso , o el propio Eduardo Punset , me han hecho pensar bastante en ello. Y lo cierto es que no sé qué es mejor, aunque tengo claro que para exponer mi salud, prefiero quedarme en casa, también me gusta salir a la calle con un pañuelo en lugar de bonito peinado, para reivindicar mis ganas de luchar y de vivir mientras llega la hora de impartir mi última lección , al estilo Randy Pausch , que espero tarde mucho.

Encuentro decenas de argumentos a favor y en contra de cada opción, aunque como yo he tomado mi decisión y así lo he expresado, no sería objetivo exponerlos.

Pero, ¿qué piensan los demás? ¿Serías tan amable de contarme tu opinión?

miércoles 9 de diciembre de 2009

Eterna Flora

Iba a cumplir pocos más de 10 años, recientemente su vida y su familia se habían visto azotados por un terremoto, el de la muerte repentina de su padre, y ahora llegaba otro huracán a poner a prueba su resistencia, ella tenía leucemia.

La noticia sacudió a todos, como todo diagnóstico de cáncer, aunque con más intensidad, era una niña. Ella fue animosa y firme desde el primer momento, al menos yo la vi así, y siguió siéndolo durante los años siguientes. Siempre mostró su cara más decidida y alegre, por encima de duros tratamientos que la sacaban de clase una y otra vez y le sacudían el organismo como pocos podemos imaginarnos.

Yo no compartí clase con ella ni una sola vez. En el colegio estudiaba con su hermana Mari Carmen, de quien me alegra recordar cómo disfrutábamos preparando los trabajos que tantos sobresalientes (si, de 10) nos procuraron entonces. Con ella aprender, e incluso soñar, era muy divertido. Llegamos a redactar el ideario de un partido político que conjugara las mejores opciones de todas las tendencias que existían entonces e, incluso, nos planteamos recoger las firmas necesarias para ponerlo en marcha. Juntas, y con Flora, disfrutamos de la afición al cine y de los cientos de fichas que ésta última coleccionaba. Con 13 años veíamos películas de las que poca gente ha oido hablar.

Ya en el instituto, me dio por pasar todos los días a recogerlas por su casa, a Flora y a Mari Carmen, en Ronda Norte. Juntas llegábamos al centro, allí las hermanas acudían a su clase y yo, a la mía. Recuerdo como cada día Flora se oponía al exceso de cuidados que su madre y su abuela volcaban sobre ella, como respondía con firmeza que no le iba a pasar nada por salir sin bufanda, o sin abrigo, según el clima apuntaba. Yo trataba de ayudar, no en valde caminaba durante más de media hora antes de llegar a su casa.

Me maravillaba su personalidad, su carácter y, sobre todo, su decisión. Un día mantuve con ella una breve conversación:

-Flora ¿tu te has planteado la posibilidad de morir?
-Si claro, hoy en día no hay cura para esta enfermedad.
-Entonces, ¿porque no cambias de manera de vivir?
-¿A qué te refieres?
-Bueno, en vez de estudiar, podrías salir, viajar, conocer gente nueva, no sé. Yo, en tu situación, me echaría muchos novios, viajaría y trataría de vivir a tope.
-A mí lo que me gusta es lo que hago, las amistades que tengo y el lugar donde vivo.

Reconozco que me sentí avergonzada por plantearle esta conversación, tan superficial, al comprobar la firmeza de su carácter y lo claro que tenía lo que quería hacer. Le gustaba la física cuántica y la trigonometría, entre otras cosas, quería seguir disfrutando de ellas y yo no había sido capaz de entenderlo. Hoy todo es diferente.

Meses después salí de su vida como entré, sin dar explicaciones. Imagino que la rutina de las clases y la dificultad de seguir el ritmo de quien constantemente tiene que romperlo, fueron la causa, que no la justificación. Pero no perdí el contacto con ellas. Periódicamente llamaba a Mari Carmen para saber cómo iba todo con Flora. Y así, durante años.

-Hola Isabel.
-Hola Mari Carmen.
-Te llamo para que sepas que Flora ha muerto.
-¿Qué me dices? Si hablamos hace un par de semanas y me dijiste que había estado malica, pero que se recuperó. En fin.
-Todos sabíamos que esto iba a suceder. No sufrió.
-¿Cuándo es el entierro? ¿Donde?
-Será mañana por la tarde, en la iglesia de San Antón.
-Quiero ir.
-Hablamos en muchas ocasiones de que lo más importante de las personas queda en el recuerdo, y no en el cuerpo que se deposita en el ataúd ¿lo recuerdas?
-Claro que sí, y que mejor quedarse con la más agradable imagen de una persona en vida.
-Por eso, si no quieres venir, debes saber que con nosotros estás cumplida. Nadie te va a reprochar lo que hagas.

Fui, ocupé un lugar discreto en las filas traseras de la iglesia, casi no podía atender lo que decía el Padre Joseico, estaba conmocionada por la injusticia de la muerte, de esa muerte y quería decirle adiós a Flora. Hace 20 años de aquello, ella tenía entonces 19 y yo 17.

En aquella época no existían las recolectas, aquellas famosas campañas para recoger dinero y llevar a los niños a uno u otro hospital en distintos puntos del mundo. Los tratamientos experimentales quedaban fuera de su alcance por la elevada cuantía que tenían. No había nada que hacer para tratar de salvar su vida.

Aquella noche lloré en mi casa, sola, durante un buen rato, mientras me sentía impotente. Es cierto que Flora no formaba parte de mi vida cotidiana, pero no había dejado ni un solo día de ser un ejemplo para mí. Ahora, ya no estaba, y yo me resistía a su ausencia, al sufrimiento de su familia y a que el mundo se viera privado de alguien como ella para siempre.

Entonces miré por la ventana y allí estaba, brillaba con más fuerza que las demás, y la adopté. Aquella estrella se convirtió en el recuerdo de Flora que me ha acompañado durante todos estos años, en los momentos más duros y solitarios. Siempre, sin fallar una sola vez, hasta el 30 de enero. Esa noche miré y no estaba, pero la sentía cerca, muy cerca, estaba a mi lado y aquí sigue.

Si, lo sé, esto es propio de una loca, de una loca cursi, pero es como lo siento. Igual es que la quimio me ha dejado pirada, pero desde que me comunicaron el diagnóstico supe que quería mantener la misma actitud que ella, ocurra lo que ocurra, y también sentí que me hacía compañía. Y así sigo.

Esto no es un ataque de tristeza, trato de saldar una vieja deuda sacando de mi mente algo que lleva todo este tiempo dando vueltas. Si algún día escribo sobre motos, citaré a Ángel, o a Gabriel, y a tantos que perdieron la vida injustamente estrellando sus sesos contra el asfalto mientras conducían una moto. O a los que murieron en la carretera yendo o volviendo de alguna noche de diversión, algo que lleva pasando más de 20 años.

Flora no llegó a tiempo de los avances de la medicina actual. Se quedó en el camino, cayendo como caen las hojas de un árbol. Yo tengo a mi favor dos diferencias; en muchos casos el cáncer ha pasado a ser una enfermedad crónica que no mata necesariamente y, si he de morir por su causa, estoy avisada y me lo veo venir. No será inmediato.

Mientras, además, puedo luchar.

jueves 17 de septiembre de 2009

Viva bajo fianza

Tengo la sensación de que sigo viva con permiso, con el permiso del cáncer. Pasan los días, hace ya casi 8 meses del diagnóstico, y es esa terrible noticia la que sigue protagonizando mi vida y la de mi familia. Quizá es cierto que no somos dueños de nuestra vida porque no somos dueños de nuestro destino.

He recibido muchos comentarios acerca de poner una nueva fecha a mi nacimiento. Lo cierto es que yo me resisto, siempre me hizo mucha ilusión contar con tantos ceros; el 30, del mes 10 del año 70. Además, me pasé toda la infancia soñando con cumplir los 30 años el 30 del 10 del año 2000. Lástima que ese día falleciera mi padre. Cambié la dicha de haberme convertido en una mujer que vive con alegría la realización de un sueño cifrado de su infancia, por el dolor de quien pierde a alguien importante en su vida.

Lo que si tengo claro es la fecha de una necrológica, la de mi vida anterior, que se acabó definitivamente el 30 de enero de 2008. Esa es una certeza, la vida tal y como yo la entendía y la vivía hasta entonces no volverá, así que bien merece una esquela. "Vamos a borrar este año de nuestro recuerdo en cuanto pase" me propuso mi médico de familia el otro día, "y tanto, yo no tengo intención de volver a mirar nunca hacia atrás hasta este punto", le contesté yo.

También he tomado otra decisión, no voy a cumplir los 38. Y no es que quiera hacer trampas y pasarlos al año próximo, no. Prometo cumplir los 39 en 2009. Pero me resisto a contarme un año que no está siendo un año de vida, sino de lucha por la vida. Que no me parece poco, pero no estoy viviendo, estoy sobreviviendo, o superviviendo.

Y citada esta palabra, toca mencionar el libro que he leído hoy; Cáncer, biografía de una supervivencia. Es obra de Albert J. Jovell, ya destacado en algún enlace de este blog, y ofrece su testimonio como familiar de enfermo de cáncer -su padre- y como diagnosticado de cáncer. Prometo que no tenía ni idea de que, precisamente hoy, protagonizaría una página en El Semanal.

Las 322 páginas que Jovell rellena con su experiencia son una prueba más de que todos vivimos este trance con idénticos sentimientos, temores y relaciones. No existe sexo, condición social, formación o situación económica capaz de distinguir a unos enfermos de cáncer de los otros.

Yo he encontrado algunas coincidencias entre su situación y la mía, ambos tenemos hijos pequeños y vivíamos un dulce momento en nuestras vidas cuando nos llegó la noticia. ¿Por qué a mí? ¿Por qué ahora?

Me he pasado toda la lectura subrayando frases y expresiones, como en pocas ocasiones. A veces tenía el impulso de subrayar todo el libro. Mi hija, colaboradora inesperada en la lectura, también ha plasmado sus garabatos en diversas páginas, aunque con diferente intencionalidad.

Lo cierto es que se expresa con mucho acierto respecto a las cuestiones que atañen a este padecimiento, y denomina lo que sentimos también con tino; la agonía emocional, el vértigo existencial, la soberbia del sano, la condena a la soledad, el ejército del cariño, las unidades de felicidad y cómo alivia escribir sobre lo que sientes, lo que él denomina 'escritoterapia' "la única que no tiene efectos secundarios negativos". Nadie como uno de nosotros para saber acerca de lo que sufrimos. Ojalá que sus lectores-no-cancerosos lo sepan entender.

Es duro comenzar a leer lo que otro sufre, como tu has sufrido antes, y se hace también duro conforme avanza, pero ha merecido la pena seguir el impulso de leer a este médico medio murciano. Coincido con él en muchas cosas, lamentablemente demasiadas, pero sobre todo al afirmar que "nunca un teclado de ordenador se había mojado tanto con mis lágrimas, ni se había sentido tan molesto con el tacto de mis dedos".

"Crónicas del miedo y del desamparo" aparte, mañana me someto a la segunda sesión de terapia biológica, y pasado comienzo con la radioterapia. Y, en esta situación, me planteo volver a trabajar progresivamente, a ver si es posible reencontrarme con parte de mi vida anterior. Le preguntaré a mi oncóloga, sin su permiso no doy un paso adelante, y por supuesto recabaré la opinión del especialista en radioterapia, él también merece mi respeto.

Hasta ahora voy bien, me sigue creciendo el pelo, aunque no lo suficiente como para quitarme el pañuelo, que calculo seguirá cubriendo mis ideas un mes más. Sin embargo, ayer me depilé las piernas, lamento decir que no fue un placer, aunque si me transmitió cierta sensación de normalidad. Falsa, totalmente falsa, porque toda mi piel parece una alfombra, está levantada por los foliculos pilosos que comienzan a abrirse paso para llenarme de vello, como estaba antes, aunque con cabellos más débiles.

Los sabores y olores no acaban de volver a la normalidad, aunque si, he comido 4 gambas. No más porque aún no sé muy bien qué estoy haciéndole a mi estómago. Cuando tomo una comida pesada me cuesta digerirla, a veces siento ardor, y son todavía demasiadas las ocasiones en que el olor me desagrada. Poco a poco.

Las fuerzas me están volviendo, a falta de que la radio me reste de nuevo energías, lo que me permite moverme con menos dolores. Yo no sabía que la debilidad pudiera producir estas molestias hasta ahora.

El martes pasado me fui a la romería ¡y logré llegar al Santuario! Que bonica la Virgen, y que buenas están las cervezas en los bares de Algezares. Fui a acompañar a mi hermana, que había hecho promesa por una servidora, y a darle gracias a la Virgen por estos 8 meses de tiempo añadido.

Tardamos menos de una hora en llegar a Algezares desde Murcia y más de 2 horas en subir al Santuario ¿cansancio? No, ¡que va! Itinerario hostelero.

Desde el centro de la noticia, seguiremos informando.

lunes 20 de julio de 2009

Eterna Flora

Iba a cumplir pocos más de 10 años, recientemente su vida y su familia se habían visto azotados por un terremoto, el de la muerte repentina de su padre, y ahora llegaba otro huracán a poner a prueba su resistencia, ella tenía leucemia.

La noticia sacudió a todos, como todo diagnóstico de cáncer, aunque con más intensidad, era una niña. Ella fue animosa y firme desde el primer momento, al menos yo la vi así, y siguió siéndolo durante los años siguientes. Siempre mostró su cara más decidida y alegre, por encima de duros tratamientos que la sacaban de clase una y otra vez y le sacudían el organismo como pocos podemos imaginarnos.

Yo no compartí clase con ella ni una sola vez. En el colegio estudiaba con su hermana Mari Carmen, de quien me alegra recordar cómo disfrutábamos preparando los trabajos que tantos sobresalientes (si, de 10) nos procuraron entonces. Con ella aprender, e incluso soñar, era muy divertido. Llegamos a redactar el ideario de un partido político que conjugara las mejores opciones de todas las tendencias que existían entonces e, incluso, nos planteamos recoger las firmas necesarias para ponerlo en marcha. Juntas, y con Flora, disfrutamos de la afición al cine y de los cientos de fichas que ésta última coleccionaba. Con 13 años veíamos películas de las que poca gente ha oído hablar.

Ya en el instituto, me dio por pasar todos los días a recogerlas por su casa, a Flora y a Mari Carmen, en Ronda Norte. Juntas llegábamos al centro, allí las hermanas acudían a su clase y yo, a la mía. Recuerdo como cada día Flora se oponía al exceso de cuidados que su madre y su abuela volcaban sobre ella, como respondía con firmeza que no le iba a pasar nada por salir sin bufanda, o sin abrigo, según el clima apuntaba. Yo trataba de ayudar, no en valde caminaba durante más de media hora antes de llegar a su casa.

Me maravillaba su personalidad, su carácter y, sobre todo, su decisión. Un día mantuve con ella una breve conversación:

-Flora ¿tu te has planteado la posibilidad de morir?
-Si claro, hoy en día no hay cura para esta enfermedad.
-Entonces, ¿porque no cambias de manera de vivir?
-¿A qué te refieres?
-Bueno, en vez de estudiar, podrías salir, viajar, conocer gente nueva, no sé. Yo, en tu situación, me echaría muchos novios, viajaría y trataría de vivir a tope.
-A mí lo que me gusta es lo que hago, las amistades que tengo y el lugar donde vivo.

Reconozco que me sentí avergonzada por plantearle esta conversación, tan superficial, al comprobar la firmeza de su carácter y lo claro que tenía lo que quería hacer. Le gustaba la física cuántica y la trigonometría, entre otras cosas, quería seguir disfrutando de ellas y yo no había sido capaz de entenderlo. Hoy todo es diferente.

Meses después salí de su vida como entré, sin dar explicaciones. Imagino que la rutina de las clases y la dificultad de seguir el ritmo de quien constantemente tiene que romperlo, fueron la causa, que no la justificación. Pero no perdí el contacto con ellas. Periódicamente llamaba a Mari Carmen para saber cómo iba todo con Flora. Y así, durante años.

-Hola Isabel.
-Hola Mari Carmen.
-Te llamo para que sepas que Flora ha muerto.
-¿Qué me dices? Si hablamos hace un par de semanas y me dijiste que había estado malica, pero que se recuperó. En fin.
-Todos sabíamos que esto iba a suceder. No sufrió.
-¿Cuándo es el entierro? ¿Donde?
-Será mañana por la tarde, en la iglesia de San Antón.
-Quiero ir.
-Hablamos en muchas ocasiones de que lo más importante de las personas queda en el recuerdo, y no en el cuerpo que se deposita en el ataúd ¿lo recuerdas?
-Claro que sí, y que mejor quedarse con la más agradable imagen de una persona en vida.
-Por eso, si no quieres venir, debes saber que con nosotros estás cumplida. Nadie te va a reprochar lo que hagas.

Fui, ocupé un lugar discreto en las filas traseras de la iglesia, casi no podía atender lo que decía el Padre Joseico, estaba conmocionada por la injusticia de la muerte, de esa muerte y quería decirle adiós a Flora. Hace 20 años de aquello, ella tenía entonces 19 y yo 17.

En aquella época no existían las recolectas, aquellas famosas campañas para recoger dinero y llevar a los niños a uno u otro hospital en distintos puntos del mundo. Los tratamientos experimentales quedaban fuera de su alcance por la elevada cuantía que tenían. No había nada que hacer para tratar de salvar su vida.

Aquella noche lloré en mi casa, sola, durante un buen rato, mientras me sentía impotente. Es cierto que Flora no formaba parte de mi vida cotidiana, pero no había dejado ni un solo día de ser un ejemplo para mí. Ahora, ya no estaba, y yo me resistía a su ausencia, al sufrimiento de su familia y a que el mundo se viera privado de alguien como ella para siempre.

Entonces miré por la ventana y allí estaba, brillaba con más fuerza que las demás, y la adopté. Aquella estrella se convirtió en el recuerdo de Flora que me ha acompañado durante todos estos años, en los momentos más duros y solitarios. Siempre, sin fallar una sola vez, hasta el 30 de enero. Esa noche miré y no estaba, pero la sentía cerca, muy cerca, estaba a mi lado y aquí sigue.

Si, lo sé, esto es propio de una loca, de una loca cursi, pero es como lo siento. Igual es que la quimio me ha dejado pirada, pero desde que me comunicaron el diagnóstico supe que quería mantener la misma actitud que ella, ocurra lo que ocurra, y también sentí que me hacía compañía. Y así sigo.

Esto no es un ataque de tristeza, trato de saldar una vieja deuda sacando de mi mente algo que lleva todo este tiempo dando vueltas. Si algún día escribo sobre motos, citaré a Ángel, o a Gabriel, y a tantos que perdieron la vida injustamente estrellando sus sesos contra el asfalto mientras conducían una moto. O a los que murieron en la carretera yendo o volviendo de alguna noche de diversión, algo que lleva pasando más de 20 años.

Flora no llegó a tiempo de los avances de la medicina actual. Se quedó en el camino, cayendo como caen las hojas de un árbol. Yo tengo a mi favor dos diferencias; en muchos casos el cáncer ha pasado a ser una enfermedad crónica que no mata necesariamente y, si he de morir por su causa, estoy avisada y me lo veo venir. No será inmediato.

Mientras, además, puedo luchar.

martes 30 de junio de 2009

¿Qué hacemos?

Creo que éste es un buen momento para plantear la gran cuestión a todos; ¿qué hacemos los diagnosticados de cáncer? ¿nos quedamos en casa, aislándonos del mundo, o luchamos por la normalidad?

A estas alturas, igual no es necesario explicarlo, pero ninguno de los enlaces que he incluido en este blog son aleatorios. Lo cierto, es que la entrevista que Milagros Pérez Oliva realiza a Albert Jovell en El País , es uno de los contenidos que más me gusta de mi relación de enlaces y que, como otros, tengo que agradecer a Víctor Romero Fernández. En ella, Jovell (afectado por cáncer y médico) explica cómo nos podemos sentir estigmatizados, apartados e, incluso despersonalizados.

Tanto ante los medios, como en su libro, Jovell reivindica el derecho del enfermo a plantar cara, no sólo al cáncer, sino también a aquellos que creen que el diagnosticado es un condenado a muerte y por eso le permiten hacer lo que quiera. Y, para ello, habla de vivir con normalidad. Ésta es la base de mi propuesta, y es que me gustaría saber qué piensan los demás sobre ello, y me explico:

Cuando me confirmaron el diagnóstico, decidí que quería centrarme en mi recuperación, y para lograrlo opté por tomar la baja y aceptar el aislamiento social a que te somete esta enfermedad para pensar sólo en mí. De esta manera, trataba de evitar los altibajos emocionales a que me podía ver sometida por cuestiones de trabajo -o simplemente por el deber de conciliar el trabajo con la vida familiar-, y pagaba este hecho con mi vida social.

Lo cierto es que ha resultado muy duro en muchas ocasiones, como aquella en que leí en La Verdad la entrevista realizada a Javier Iniesta , en la que hablaba sobre cómo la quimioterapia le permitía hacer vida 'casi' normal. Ese día me eché a llorar, porque para mí ya no era una opción, yo no podía intentar siquiera volver al trabajo.

Posteriormente, seguir la trayectoria del propio Víctor Romero, o la de María Antonia Valdivielso , o el propio Eduardo Punset , me han hecho pensar bastante en ello. Y lo cierto es que no sé qué es mejor, aunque tengo claro que para exponer mi salud, prefiero quedarme en casa, también me gusta salir a la calle con un pañuelo en lugar de bonito peinado, para reivindicar mis ganas de luchar y de vivir mientras llega la hora de impartir mi última lección, al estilo Randy Pausch, que espero tarde mucho.

Encuentro decenas de argumentos a favor y en contra de cada opción, aunque como yo he tomado mi decisión y así lo he expresado, no sería objetivo exponerlos.

Pero, ¿qué piensan los demás? ¿Serías tan amable de contarme tu opinión?

viernes 19 de junio de 2009

Para no perder las buenas costumbres

¡Maldita sea! ¡Ha ocurrido! Yo lo sabía, me lo imaginaba, todo iba demasiado bien para ser verdad... Si, si, si, yo también soy víctima de un complot, de una confabulación, de un pacto ilegítimo que me empieza a repatear los higadillos. Mis piernas han pactado con mi estiticista. Así es, estoy desde mayo esperando que mi pelo renazca y comienza a hacerlo por las piernas, están llenas mientras el resto de mi cuerpo permanece despejado ¡traidor!

Menos mal que es lo único negativo que tengo que contar, si no se puede considerar como negativo que mi cabeza parezca la de un recién nacido, con su capita de pelusilla que tímidamente asoma al exterior... Y esto puede parecer un comentario fruto del deseo de una caprichosa, pero es que yo me he pasado toda mi vida como candidata a donante de vello, con un overbooking permanente en mis capilares, y ahora que quiero que todo vuelva a la normalidad, me pasa esto.

Bromas aparte, por las que pido disculpas si alguien se ha asustado en exceso, estoy comiendo cada vez más y mejor. Vuelvo a disfrutar de la frescura de la cerveza de barril (ya no está amarga), y del sabor de la comida en general, especialmente las gambas (me tomé dos el otro día y me dieron permiso para comerme a todas sus hermanas).

Poco a poco estoy recuperando las fuerzas, muy poco a poco, eso sí.

El jueves pasado, día estipulado por mi oncóloga para administrarme la primera dosis de Herceptín (alías trastuzumab) resultó finalmente tranquilo, la doctora consideró más adecuado esperar a que pasara el fin de semana; "así recuperarás más fuerzas", para administrarme la dosis.

He de decir que estaba bastante nerviosa y me vino bien, ayer fui más tranquila. A todo esto, es mi marido el que está pagando todos mis arrebatos, el pobre.

Bueno, el caso es que ya me informaron el jueves pasado que mi hematocrito estaba bien; "ya casi no tienes anemia", ¡que se lo digan al jamón, a la cerveza, al ternasco que me comí la otra noche, a mi gran vicio el chocolate, los bizcochos y a los 'bocadillos de to lo que pillo' que me estoy encajando entre pecho y espalda!

¡¡Pero que buena está la comida!! Y lo mejor, no estoy engordando, casi, casi, un poco solo. Bueno, que eso no es lo que importa ahora...

Hoy me voy por las ramas como la mona Chita, pero es de alegría, aún así pido una vez más disculpas.

Puestos a centrarnos, volvemos al lunes, o sea ayer, justo en los minutos siguientes a dejar a mi hija en la guardería (si, si, también llevo a la nena a clase). El caso es que fui a la Arrixaca a solicitar mi dosis de 'terapia biológica', que en realidad y según me explicó mi médico, es una vacuna que inhibe a una proteina que interviene en la reproducción de mi tumor. Vamos, que durante un año, cada 21 días, me van a someter a un proceso parecido al de la quimio -salvando las distancias- para inyectarme vía intravenosa otro líquido más el limpio, como llaman las enfermeras al suero con que te limpian después las venas. Total, con análisis, visita a la oncóloga, preparación del citado e inyección, toda la mañana. Y siguen sin llamarme de radioterapia.

Bueno, pues yo tenía mis temores respecto a esta nueva fase de los tratamientos, además de la experiencia que me han transmitido amablemente alguna de las lectoras de este blog, también había leído que puede producir diversos efectos secundarios, así que a esperar con cierta desconfianza. Al final, hoy 24 horas después, estoy como una rosa. Nada, nada, nada, ni un solo efecto.

¡Bien! Ya es hora de dejar atrás un fantasma demasiado aterrador...

He comenzado a cocinar, porque también puedo soportar los olores, el agua y la colonia, y me estoy tratando de centrar en disfrutar del aspecto positivo de estar en casa sin trabajar (en la próxima cita le voy a preguntar al radioterapeuta si puedo volver al trabajo). Por eso, hoy he salido a comprar, a la farmacia a por un enjuague bucal ¡nada de medicinas! y a visitar durante unos minuticos a uno de los diamantes que me he encontrado en la vida.

Ahora, mientras escribo estas líneas, se están guisando en mi cocina un cocido y un frito de magra con tomate, de los que prometo dar cuenta durante todo el día, para no perder las buenas costumbres.

Un abrazo.

Firmado: Venas Quemadas Franco.